Paso a paso

Me gustaría que leyeses el siguiente artículo escrito por Luis, el padre de mi hija. Espero que lo disfrutes tanto como yo:

Mi hija cumplió 1 año pocos días antes de empezar a escribir este artículo. Todavía no andaba. Gateaba. Yo sabía que iba a a empezar andar y que iba a ser en poco tiempo. Me daba igual si era cuestión de días , semanas o algo más, sabía que ella lo iba a hacer. Y no porque esa fuese su progresión natural ya que eso es lo que todos hacemos, sino porque al verla me daba cuenta de que lo iba a conseguir. Cuando intentaba ponerse de pie y no lo conseguía, se quejaba. Mi mujer o yo íbamos y la ayudábamos. Se ponía contenta. Tras un tiempo viendo el mundo desde otra perspectiva, la que le permitían sus 76 centímetros de estatura, su piernas se tambaleaban y, de cansancio, tenía que volver al suelo. La dejábamos, se sentaba y volvía a estar contenta. No había fallado. Tampoco había conseguido ponerse de pie ella sola, ni estaba andando. Pero ella sabía tan bien como yo que estaba en el camino de conseguirlo. Estaba haciendo lo que le tocaba en ese momento. Estaba intentándolo. Y esto era lo importante. La cuestión no era que estuviese haciendo lo que debía porque se estuviese colocando de forma correcta, poniendo las piernas en la posición óptima, arqueando la espalda de forma que aprovechase el movimiento de sus músculos abdominales y éstos le permitiesen levantarse sino porque lo estaba intentando. Ése era su triunfo. Lo estaba intentando.

Volvamos un poco atrás, a cuando todavía no sabía gatear. Primero empezó a intentar levantar la cabeza estando boca abajo. No podía. Le costaba mucho. Se frustraba, protestaba y acababa llorando. Nosotros le dábamos la vuelta y se le pasaba el enfado. La siguiente vez que volvíamos a ponerla boca abajo, ella volvía a intentarlo. Como si no se acordase de que la última vez que lo intentó no le había funcionado bien, que no lo había conseguido. Pero daba igual. Ella volvía a intentarlo. Cada vez llegaba un poquito más lejos. Cada vez tenía más fuerza en el cuello y la parte superior de la espalda. Llegó el momento en el que podía mantener la cabeza erguida sin ningún esfuerzo. Se había frustrado en el camino. Había llorado y se había quejado porque no conseguía su objetivo de mantener la cabeza levantada mientras estaba tumbada boca abajo en el suelo. Pero siguió insistiendo, siguió intentándolo hasta que lo consiguió.

Después vino el momento de volverse boca arriba. El proceso fue el mismo. Parecía una tarea imposible. Sus movimientos eran muy torpes. Todo le costaba mucho. Sin embargo, ella no paraba de intentarlo. Hasta que lo consiguió. Lo mismo ocurrió con ser capaz de mantenerse sentada, sentarse ella misma sin ayuda y gatear. Para ella fueron tiempos en los que se tuvo que esforzar mucho. En ocasiones se frustraba, se enfadaba y algunas veces hasta rompía a llorar. Pero lo fue consiguiendo todo poco a poco. Seguramente el motivo de expresar sus sentimientos de esa forma está no tanto en que la labor sea difícil y dura sino en que todavía no sabía hablar, por lo que no podía expresarse de forma precisa y tenía que recurrir al llanto en numerosas ocasiones. ¿Tú crees que si para un bebé ante una tarea tan abrumadora como es la de aprender a andar, la conseguiría de no ser por la insistencia y empeño que pone en ello? ¿Te imaginas qué hubiese pasado si cuando eras bebé hubieses intentando un par de veces andar y al ver que te tambaleabas y que tus piernas y espalda no tenían la fuerza suficiente para mantenerte erguido, hubieses dicho “uf, ésto es más complicado de lo que yo pensaba. Paso. Esto de andar no es para mí”? ¿te das cuenta de todo lo que te hubieses perdido luego?

Para terminar, quiero hablarte sobre algo que mi hija hace desde muy pequeñita y que tú debes hacer también, si quieres aumentar la confianza en ti mismo y acercarte cada vez más a tu objetivo: todo empezó con la primera vez pudo sentarse por sus propios medios. Como en anteriores intentos, el esfuerzo fue grande. Pero esta vez lo consiguió. Mi mujer y yo quisimos que ella fuese consciente del logro que acababa de realizar y nos pusimos a aplaudir y a sonreír. Es decir, lo estábamos celebrando. Ahora es ella quien lo hace cada vez que consigue algo que le gusta, sin que nosotros empecemos. Esto es a lo que me refiero. Si consigues algo, si tienes éxito, por pequeño que sea, ¡celébralo! Te lo mereces.

A pesar de lo pequeña que era en el momento de escribir este artículo, yo ya había empezado a aprender muchas y muy valiosas cosas de mi hija.

Aunque parezca imposible de conseguir lo que sea que te propones hacer, ponte con ello. ¡Ya! Empieza poco a poco, paso a paso. Celebra los éxitos por pequeños que sean. Si lo haces así, estarás más cerca de conseguirlo. Antes de lo que crees.

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4 thoughts on “Paso a paso

  1. Aunque este artículo es antiguo, me gustaría darte la enhorabuena Luis, es una gran reflexión que se debería aplicar a los pequeños aprendizajes y logros cotidianos de la gente adulta. Es la misma visión desde un ángulo nuevo. Me ha gustado tanto que la palabra “Celebrar” entra de nuevo en mi vocabulario mas fresca que nunca.

    Un abrazo

  2. Hola Maite:

    Muchas gracias. Me alegra lo que dices y sí, efectivamente es algo que se debería extrapolar a los demás ámbitos de la vida.

    El hecho de quererte y cuidarte a ti misma repercute muy positivamente en todo el entorno que te rodea.

    Gracias de nuevo. Un cordial saludo,
    Luis

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