Sepárate, mamá

Los cambios de estación suelen traer cambios vitales. El Invierno, frío y recogido, trae la Primavera más social y florida. Luego viene el verano, cálido, luminoso que traerá un Otoño amarronado y bucólico…

Mientras, las personas, como las plantas, vamos cambiando, echando hojas, luego formando cogollos, para que nazcan flores que tras un periodo determinado, desaparecen… Y así.

En las últimas semanas he sabido de parejas con niños que han roto su relación.

En algunas “se veía venir”, en otras ni por asomo. Y es que, al final, en todas “se ve venir”, porque las relaciones, como las plantas, están vivas, cambian, buscan el sol, el agua, necesitan nutrientes. Ante el “que viene” se puede actuar, o dejar pasar.

Cuando alguien dice que está en una relación para siempre y que fulanito o menganita es el amor de su vida, etc. no es que mienta, porque puede que lo sienta en ese momento, pero cuando alguien dice “yo no me voy a separar jamás” es como decir que se va a quedar con las mismas ideas el resto de sus días y que su acompañante va a tener ideas compatibles con las suyas para siempre.

Y eso sí es mentir.

A no ser que seas un mueble. De vez en cuando aparecen personas mueble, de las que piensan igual toda la vida, pero no es lo normal. Lo normal es vivir, evolucionar.

Yo, en una relación larga (13 años ahora, vaya númerito por cierto), me podía dar el pego ahora y soltar consejos de esto o aquello para mantener la llama o la amistad o como se quiera llamar. Pero eso sería hablar por hablar.

Cada día, cada minuto, cada instante ambos cambiamos, ambos tenemos que adaptarnos en la medida de lo posible al otro, ambos vemos que la vida está llena de sorpresas y cambios. Esos 13 años dan solera, es verdad, y más facilidad para resolver algunos conflictos, que ya hemos vivido, pero también abren la puerta a muchos nuevos fruto precisamente de ese largo recorrido conjunto.

De esos 13 años cada día es nuevo, y conlleva sus riesgos. Ninguno de los dos sabemos cómo será el mañana, cómo lo sentiremos, qué pasará.

Esa perspectiva de fragilidad es real, lo demás son bobadas.

Da igual una relación larga que una corta, lo que cuenta es el día a día, el momento a momento, que la plantita tenga agua, luz, calor y nutrientes para seguir creciendo.

Afortunadamente cada vez quedan menos parejas de esas que están juntas “porque sí” hasta que la muerte los separa.

Hija de un matrimonio así, recuerdo haber rogado a mis padres que se separaran una y otra vez. Desafortunadamente no me hicieron caso. Se presta especial atención a los niños de padres separados, pero se olvida a todos aquellos que viven bajo el mismo techo que personas que ni se soportan, ni son compatibles, ni tienen nada en común. Y las secuelas, me temo, son terribles.

Especialmente con hijos, el quedarse juntos por comodidad económica o social es una barbarie. Si alguien aún piensa que estar con alguien que ahoga su vida es mejor para sus hijos que no estarlo, es que es cruel y muy acomodado.

No pretendo hacer apología de la separación o el divorcio, cuando no hay razón para ello, pero felicito a todas aquellas personas que son conscientes en sus relaciones, que toman las riendas a pesar de las dificultades (la mayoría de las parejas amigas separadas se enfrentan a duras situaciones económicas), que luchan de verdad por ellas mismas, y de ese modo, por el bienestar de sus hijos.

Vaya ejemplo, amigos, vuestros hijos ven a padres y madres conscientes, dispuestos y luchadores, hay mucho que envidiar en eso.

Y también felicidades a todas aquellas parejas que despiertan día a día luchando por esa plantita común, con hijos o sin ellos, y que toman decisiones que, como cualquier otra, afectan a su entorno.

Los demás, parejas o no, que usan la rutina o la comodidad para intoxicarse a ellos mismos y su entorno (más aún si tienen hijos): despertad, un poco de reflexión. Estáis contaminando el mundo.

Gracias a [email protected] luchadores del Amor, juntos o separados. La vida es muy bella a vuestro lado

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