Timo Número Siete: La Familia

Desde que nacemos por todas partes se nos da a entender que la familia es lo primero, lo más sagrado, lo más auténtico, que los genes son estúpidos y que por ellos matas, que el padre y en especial la madre son poderes importantísimos en nuestras vidas. Cierto es que a través de ellos venimos, a través de ellos crecemos, vemos el mundo, aprendemos a sentir y a ser.

Todo esto es precioso y cierto, pero a la vez la mayoría de nuestras adoradas familias son nuestros peores enemigos aunque ellos no lo sepan y, lo que es peor, nosotros tampoco.

En la vida hay dos tipos de personas: las que te hacen sentir grande, y las que te empequeñecen. Desgraciadamente nos pueden empequeñecer desde muy cerca, de forma constante, arrasadora.

¿A cuántos no se les atraganta la cena de Navidad al quedar con la familia en tan maravillosas fechas? ¿A cuántos no se les bombardea un sueño hasta que se hunde cuando es compartido en familia? ¿A cuántos se les exige cuidar de la familia antes que de a ellos mismos?

Desde el extremismo religioso, pasando por la crianza con apego, muchos grupos de distintos orígenes y formas de ver la vida, se las pasan resalzando los vínculos emocionales entre el individuo y su familia, en especial entre la madre y bebé.

Si bien es cierto que el ser humano nace desvalido y que necesita el apoyo y cuidado incondicional constante hasta que alcanza la independencia, una vez alcanzada ésta, más o menos pasada la pubertad, la figura de la familia queda relegada a un acompañamiento vital empático, nos guste o no. Luego podemos adornar de moralinas el resto.

 

Sentido común

El sentido común nos dice que, al igual que el resto de los animales, el hombre o la mujer deben ser capaces de elegir su propio destino y vida tras este periodo. Esto hace que la relación con sus progenitores en cuanto a dependencia se refiere acabe, dando paso a una nueva relación, donde la igualdad entre individuos sea la premisa. Para que se dé este paso los progenitores tienen que ser lo suficientemente adultos para dejar ir, para liberar, para abrir la jaula.

El individuo emancipado elige entonces su vida, toma el conjunto de sus decisiones y se mueve por la vida con las semillas que él o ella se plantaron durante esos previos y decisivos años.

Una amiga me decía hace unos días “buscamos alternativas para evitar estar con nuestros hijos de pequeños (guarderías, etc.) pero hacemos todo lo posible para que que dependan de nosotros y estén cerca cuando son mayores”.

Es decir, que madres para las que criar a un hijo fue un suplicio absoluto, luego pretenden que ese mismo hijo cuide de ellas hasta la muerte como si no tuviera otra cosa que hacer.

Suena fatal, lo sé. Ya estoy viendo los comentarios. Todo ancianito merece ser acompañado, al igual que todo bebé, todo niño, todo hijo, todo ser humano. Pero manipular a nivel cultural, social, familiar ese cuidado, culpabilizar a los hijos de lo que los padres no tienen, no es justo.

Al igual que el niño va saltando de etapa en etapa, los padres y sobre todo las madres tenemos que seguir saltando las nuestras. No se puede pedir a un hijo que sea resuelto cuando una misma está agarrada a antiguas etapas de su vida.

 

Gutman/Northrup

La violencia invisible como diría la Gutman, o el estrago del patriarcado, el sacrificio maternal como diría la Northrup, o como queramos llamarlo hace que la mayoría de los mortales deambulemos por el mundo con pesadas cadenas familiares, lastres que no sabemos identificar pero que pesan como losas.

Los años, las terapias, ayudan a sanar, a reconocer, a seguir viviendo. Y sobre todo no pasar a nuestros hijos la misma carga, o no hacerlo de la misma forma, ser un poco más conscientes por lo menos, de la sombra, del grillete.

Pertenecer a una familia, la pertenencia en sí, te hace sentir bien, parte de un grupo, de un linaje, te sitúa, te da estatus.

Pero no ser, no hacer, no sentir, para ser parte de, es un precio muy elevado.

El perdón, la comprensión, la compasión, todos esos términos tan acuñados en religión y otras tendencias new age, son excelentes si la persona ha encontrado dentro de sí ese grado de iluminación, de introspección, de sanación.

La tolerancia no es amor, sino todo lo contrario, dice Pavlina. Porque tolerando aquello que te machaca no dejas la puerta abierta a todo lo bueno que tu vida puede traer. Tus energías se agotan aguantando el chaparrón, mirando a otro lado.

Si no, lo más acertado es alejarse por lo menos emocionalmente, vivir la vida que a uno le corresponde, tomar las propias decisiones aunque no sean las más correctas socialmente. Volar, Ser, Sentir. Siempre que uno vibre con las decisiones, son correctas.

 

Ritmo de crecimiento

Uno debe crecer emocionalmente a su ritmo, con sus aciertos y fracasos. Los demás deben hacer lo mismo, les guste o no.

Cuando uno deja de ser padre o madre útil, es decir, cuando no tiene hijos dependientes a su cargo, si no lo hizo antes, si abandonó todo para criar, entonces es momento de buscar en su vida algo que le llene. Porque atormentar a un hijo para llenar vacíos que uno no llenó o no quiere llenar es egoísta y arrastra a los demás que le rodean.

El auténtico Amor de madre o padre es aquel que permite dejar ser, que libera, que observa en la distancia cómo florece la semilla que plantó. Y para eso hay que ser muy autocrítico.

 

Qué hacer

¿Qué hacemos entonces con nuestras familias, aquéllas que no soportan vernos como individuos? Pues nada. Eso es lo más curioso. Es uno mismo el que puede hacer con su vida. La vida de los demás no nos corresponde.

¿Qué hacemos con esos “ancianitos adorables” que necesitan cuidados que el resto de la gente ve pero que nos asfixian con sus críticas salvajes o sus victimismos incansables? Seguro que ellos crecieron y que son así porque su infancia estuvo bien carente, más que la nuestra. No se puede dar lo que uno no recibió. Y seguro que mejoraron con creces la crianza que recibieron. De eso no hay duda.

Personalmente creo que merecen Amor no por ser padres, que también, si no por ser seres humanos, por haber acertado y errado al igual que nosotros. Pero para eso hay que hacer muchas deducciones mentales y estar en un proceso interno avanzado, que yo no he alcanzado plenamente todavía por cierto, donde te des cuenta de que no eres mejor que ellos. Ni peor. Eres igual, aunque los grilletes que pones a tus hijos sean distintos y te parezcan menos malos o invisibles.

Recuerda, donde no hubo, no puede uno sacar. Eso no quiere decir que no seas consciente de tus limitaciones y actúes en consecuencia con tu vida, para mejorar la de tus hijos, aunque eso te aleje de los grupos (es muy difícil que dos personas tengan exactamente las mismas carencias).

En consulta escucho a mujeres en apariencia sanas que no logran realizar sus sueños porque han construido serios muros subconscientes gracias a familiares, pero que prefieren seguir con ellos a admitir que nunca lograrán sus sueños si no renuncian a esa idea de familia feliz. Y esto no implica condenar a la familia o no verla más. Todo lo contrario. Cuando hay muros es difícil que haya amor, sino sometimiento.

 

El legado

Socialmente la institución familiar está muy protegida por unos y por otros. Es duro pensar de otra manera. Familia no hay más que una, dice el dicho. Y el sacrificio muy bien visto. Cuanto más te cueste algo, mejor.

Y así vamos pasando de una familia (de la que descendemos) a la propia (la que creamos) más o menos las mismas historias. Sobre todo de abandono (de uno mismo).

Así el panorama, el camino a tomar es muy personal, cada uno que haga lo que quiera dentro de su propio estado de curación.

Cuando nuestros mayores necesitan ayuda los hay que pueden acompañar a sus familiares no sintiendo las puñaladas, los hay que prefieren no verlos, los hay que prefieren buscar a otras personas que los acompañen para poder mantener una relación distante y gratificante donde las puñaladas no sean permitidas…

El mejor ejemplo a tus hijos para romper el legado, es dejar un poco de lado las teorías sobre crianza y hacer algo que de verdad tenga repercusión en ellos. Con respeto hacia ellos y hacia ti: Vive, Sueña, Equivócate.

Suelta el grillete del sacrificio. Coge las riendas de la voluntad y el respeto, sobre todo contigo misma.

Así enseñas a tus hijos que en la vida cada uno elige y no es culpable del camino de los demás.

Bastante tiene con el suyo.

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6 thoughts on “Timo Número Siete: La Familia

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. Hola Raquel.

    Primero, me alegra que hayas vuelto a escribir, y en especial, sobre los timos.

    Segundo, he terminado de leer este post con los ojos aguados, recapitulando situaciones familiares, decisiones que he tomado para sanar y que tienen mucho que ver con lo que señalas, decisiones duras de liberación que quizás han herido familiares por esas cadenas de la que hablas, esas culpas, ese sometimiento que muchos confunden con amor.

    Es duro, Raquel, duro leerte, duro reflejarse, duro pensar en la situación de muchas personas que amas. Eres valiente.

    Leerte me hace entender que ciertas rupturas que hice con culpa, con dolor, fueron la mejor decisión. ¿Sabes? El camino de esas rupturas familiares, no de la relación sino de los sometimientos lo inicie gracias a quien hoy es mi esposo. Una persona cuya madre lo crió con una libertad de ser que me espantó al principio, pero cuyo resultado es un hombre no solo libre, sino sumamente amoroso, empático y con una seguridad en si mismo que me hace admirarlo.

    Gracias por lo que reflexionas, por bajar del pedestal ese concepto idealizado de la familia. Quizás si se reflexionará de esta manera de forma más amplias si podamos empezar a construir familias reales, espacios que ayuden a crear personas con alas y no con grilletes.

    Abrazos desde República Dominicana.

  3. Gracias a ti Argénida. Como bien dices debemos crear familias, entornos, comunidades con alas, no con grilletes. Un abrazo

  4. Raquel,

    Qué artículo tan VERDADERO, tan lleno de sabiduría y a la vez humildad (sin sentar cátedra, admitiendo el estado en el que estás).

    Después del falso timo número 6, este artículo es soberbio. Efectivamente, el apoyo silencioso y acrítico hacia TODO lo relacionado con la familia (o el respeto al cuarto mandamiento, como diría Alice Miller), nos deja a los hijos en una situación extraña. En primer lugar, de tener que dar por bueno, lo que a todas luces no lo es, o hacer “que no pasa nada”, donde sí pasa. Y en segundo lugar, el sometimiento a las leyes familiares para que todos (menos nosotros) “sean felices” (lo cual, y paradójicamente, tampoco conseguimos, puesto que no depende en absoluto de nosotros la felicidad de los demás)

    Yo ahora estoy haciendo la capacitación con Laura Gutman, y este tema de los circuitos familiares lo revisamos todos los días. La solución que propone Laura es TOMAR CONCIENCIA de cuál fue mi escenario de infancia, qué hice con lo que me pasó, cómo sigo manteniendo el escenario en la actualidad mediante una serie de comportamientos inconscientes y al final… y si quiero, cómo puedo irme quitando ese “personaje” alejado de mi ser esencial, y modificar, así, mi propio escenario.

    Mil gracias por tus artículos, me encanta leerte!

    Un abrazo.

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