La zona de confort

He estado viendo un vídeo muy bien montado sobre escuelas alternativas y otros modos de enseñanza (en estos documentales siempre se critica a la educación pública como base pero nunca sale nadie de la pública hablando o dando ninguna opinión o explicación, al igual que no sale ningún proyecto público interesante, que los hay, también).

Hubo cosas con las que estaba muy de acuerdo y también hubo cosas con las que no estaba de acuerdo. Lo llamativo para mi fue que estas personas que educan a sus hijos de forma alternativa critican a los que no lo hacemos diciendo cosas como: “la responsabilidad de buscar una escuela para sus hijos es de los padres” y “a algunos les da miedo salir de lo conocido, de la zona de confort”.

Conformista o Inconformista

Alguien me dijo una vez que en la vida existían dos tipos de personas: los conformistas y los inconformistas.

Decirle a un conformista que eres inconformista les irrita, y lo mismo pasa al revés. Y si eres a veces conformista y a veces inconformista entonces lo tienes aún peor porque no cuadras en ningún sitio.

Si eres conformista tu zona de confort es aquella en la que vives, ni más ni menos. No es que seas un robot pasivo, sino que eliges ser feliz o infeliz en tu realidad, sea ésta cual fuere. Confías en la vida y en la necesidad de que las cosas te pasen por algo. A todo le ves algo bueno y algo malo. Y todo lo tiene. Corres, eso sí, el peligro de estancarte en la comodidad.

Si eres inconformista en cambio tu zona de confort es estar insatisfecho con la vida (total o parcialmente) que te ha tocado vivir y buscar nuevas formas de cambiarlas, puedes llegar a vivir en constante cambio para sentirte mejor. El inconformista a menudo oculta tras una aparente flexibilidad mental e inteligencia iluminada, mucho agarrotamiento e incapacidad de poder ver lo bueno y bello en cosas feas.

Si nos guiamos por lo que de verdad quieren nuestros hijos nos daremos cuenta de que giran del inconformismo al conformismo. Y en estos giros no pocas veces les frenamos. Para los más tradicionales será más común frenar el inconformismo y para los más alternativos será más común frenar la tendencia al conformismo.

Una señal clara de conformismo es que, en general, los niños tienden a querer pertenecer, a ser parte del grupo, a dar y ser lo mejor de ellos mismos en el entorno que les toque. La entrada a un nuevo grupo les abruma (un cambio de domicilio, un viaje, etc.). Se guían fácilmente por la necesidad de ser parte de la tribu que les toque.

Se esfuerzan, se moldean, incluso cambian el acento con el que hablan con tal de pertenecer, a no ser, que los padres estemos ahí delante, brazos en jarra, para poner los límites a semejante expansión social.

La necesidad de pertenecer

Fue esa necesidad de pertenencia la que llevó a mi hija mayor a suplicarme (tras proyecto libre, educación en casa y luego Waldorf) que la llevara al cole “de todos los niños”. Y supongo que alguien más habrá ahí fuera que le haya pasado esto.

Cuando lo hizo, yo que tanto quería algo distinto para ella, tenía dos opciones:

  1. decirle que el cole tradicional es lo peor que existe en este mundo y que fomenta el borreguismo, etc., que como buena madre no le puedo exponer a semejantes enseñanzas, o
  2. decirle que adelante, que estaría ahí para acompañarla y ayudarla ante las dificultades, complementar los vacíos, disfrutar de las bondades, denunciar las deficiencias, como en cualquier otro aspecto de la vida.

Aunque me era más razonable 1 por muchas razones, elegí 2, porque era la opción que ella quería. Así de sencillo. El cole era la verdadera alternativa libre para ella. Yo podía llenar los vacíos que la escuela deja. Pero no podía llenar lo que la escuela de al lado de casa representa para ella.

A veces estas sencillas decisiones en la vida entran dentro del “estar en la zona de confort” y ser conformista.

Pero también puede ser extremadamente revolucionario y liberador. Lo fue para mi hija y para mí.

Mire usted, cuando veo su vídeo enseguida yo quiero un Montessori para mis tres hijas, o un Waldorf, alguien formado que las eduque, que aprendan música y arte jugando… y además todo eso en el cole gratuito y construido al lado de casa, donde mis hijas puedan saciar su necesidad de pertenencia.

Pero, ¿sabe usted lo que pasa? No es posible ahora mismo, no está a mi alcance. No tengo los recursos. ¿Eso me hace desdichada? ¿ignorante? ¿malvada? ¿poco preocupada por mis hijas?

Ahora me dirá usted que si uno quiere, puede. Entonces le diré que no quiero si necesito esconderme, huir, hipotecar mi dinero o tiempo familiar.

Si, lo declaro, estoy instalada en lo que ustedes llaman “zona de confort”.

Desde aquí, bien acomodada, es desde donde puedo dar y doy grandes y valiosos saltos personales.

¿Me da miedo perder esta zona de confort? Sí, y mucho, ya la perdí una vez por seguir mis ideales, y lo pasé mal. El querer estar en la zona de confort propia no es algo siempre malo, oiga. A veces es sabio. A veces requiere un máster en aceptación, humildad y realidad.

¿Quiere usted mejorar esta realidad?

Pues claro que quiero, el que viva en la zona de confort no significa que sea estúpida, o por lo menos no mucho. Quiero un mundo mejor. Miro con anhelo otras zonas de confort. Pero lo hago en la distancia, sin poner mi alma ni mi familia como moneda.

Sepa con todo esto que los hijos de personas que no van a un Waldorf, a un Montessori, a un libre, o no se educan en casa, no es necesariamente porque sus padres no les quieran o no usen el pensamiento crítico, por ignorancia o porque no tengan buenas ideas y corazón. Ménuda lección de humildad he aprendido al mezclarme con “los otros”. De hecho, el educarles “bien” no implica que a sus padres necesariamente les importe el niño en cuestión, o que lo respeten.

Para terminar me gustaría añadir que el cole público y sus dificultades educativas y humanas, tienen un lado muy positivo del que carecen, en general, todos ustedes.

En sus clases hay gentes diversas, clases sociales mezcladas, ideas religiosas, formas de pensar, distintas capacidades, distintos profesores y alumnos, buenos y malos, altos y bajos, gordos y flacos, violentos, pacíficos. Son el reflejo del barrio donde vives y de su cultura, son el reflejo de la condición humana.

Por eso hay que defender la escuela pública, por eso el eslogan es correcto: es de todos y para todos. ¿Son ustedes, amigos Waldorf, una escuela pública y abierta? ¿seguro que alguien que quiera Montessori sin dinero puede costeárselo? ¿Hacen ustedes algo para que sus maravillosas formas de aprender lleguen a la gente? ¿a los niños? ¿a todos los niños?

Quizá habría que empezar por preguntas del estilo: ¿te sientes parte de tu barrio? ¿te gustan sus gentes? ¿Te crees superior?

Cuidado aquí, esas preguntas están en la base de futuras (o presentes) -fobias o estatus que los niños también maman y aprenden.

Las dificultades en el aula y fuera de ella son retos que nos bendicen y nos hacen crecer, dentro de nuestra humilde zona de confort.

Las carencias, y muchas, que existen en las aulas tradicionales pueden suavizarse, complementarse y seguro ir cambiando a mejor. Sólo hace falta un cambio político correcto y unos pedagogos que diseñen los planes de estudios. Dentro del sistema palpitan y se mueven muchas personas con ganas de cambio.

Están todos ustedes invitados a nuestra zona de confort, esa que insinúan hace daño a nuestros hijos.

Hace tiempo que, gracias a nuestra hija, quitamos el cerrojo.

 

Artículos relacionados:

3 thoughts on “La zona de confort

  1. Me ha encantado este post, Raquel.

    Yo soy coach pero confieso que la frase de “salir de tu zona de confort” me da grima, por un lado porque se usa en toooooodos sitios para decir CUALQUIER cosa, y por otro porque siempre va asociada a un argumento muy superficial: si eres diferente, si te “superas” a ti mismo continuamente, si cambias la rutina, entonces serás feliz. Pues claro que no, no es tan así.

    Yo tengo la sensación de que estar CONFORTABLE no es algo malo, en absoluto. Una cosa es estar cómodo y estancado (en la vida, en el trabajo, en las ideas, en el propio crecimiento) y otra es sentirse confortable, ¿por qué no vamos a desear esto último? A veces para estar confortables tenemos que hacer cambios drásticos. Otras veces, tenemos más bien que facilitarnos la vida o permanecer en un lugar.

    Qué sabiduría tan grande la de tu niña por elegir la opción más fácil, más agradable, más confortable para todos: ir al cole al lado de casa con los niños de su barrio. Me río yo de las “personas alternativas y que salen de su zona de confort continuamente” que, más bien, lo que reflejan es su miedo a permanecer y a conectar con sus circunstancias.

    En definitiva, que me lío, que me encanta leerte, creo que me he repasado todos tus posts, aunque no soy madre ni me planteo tener hijos por el momento.

    ¡Un abrazo y sigue escribiendo!

  2. Si, Amparo, a mi también me rechina un poquito lo de “salir de la zona de confort”. Gracias por tu comentario, felicidades por tu labor y suerte en tu empresa de vivir cerquita del mar 😉

Deja tu comentario