El Viaje

Recuerdo cuando Iris era pequeña y viajábamos con ella. Ahora tiene 8 años.

Estábamos siempre pendientes de su bienestar, de que estuviera entretenida, llevábamos juguetes, libros, pinturas, todo lo necesario para que el viaje fuera un proceso, una aventura extraordinaria, una búsqueda del tesoro llena de sorpresas y emociones.

Luego nació Maya. Ahora tiene 5 años. Con las dos nos repartíamos la tarea. Había que llevar dos mochilas y hacíamos que compartieran las viandas de la mejor manera posible. El viaje estaba lleno de canciones y risas. Siempre había alguna que quería hacer caca o pis, pero no pasaba nada porque habíamos conseguido el equilibrio y la comprensión necesaria para cada momento individual.

Y nació Luna. Ahora tiene 3 años.

Creo que algo pasó en mí, en nosotros, definitivamente, porque el caos ha venido a reinar la casa y parece que la cosa va para largo.

Estamos profundamente enamorados de esta nueva criatura, y nos encanta moverla de un sitio a otro, a la vez que a sus hermanas. Vamos de camping, visitamos lugares, museos, ciudades…Pero nuestro modus operandi ha cambiado totalmente.

A continuación tienes lo que sería el resumen de nuestros viajes.

Aunque el día antes que era sábado y no había que madrugar se despertaron las 3 a las 7 de la mañana (primero despierta Luna y luego el resto la presiente), el día del viaje no se mueve una mosca y ya son las 9:00.

Mientras esperamos ya desayunados, vestidos y preparados, porque nos hemos despertado a las 6:30 para tenerlo todo listo, nuestras hijas duermen plácidamente agarradas a sus peluches como si el ruido de bolsas y pasos no significara nada.

A las 9:30 ya nerviosos, decidimos abrir persianas, puertas y empezar a decir “venga chicaas, que nos vamos de viajeee”.

En ese momento las reinas despiertan.

Luna en su modo tradicional de levantar el culo y esconder la cabeza bajo la almohada gritando un “yo no quero cole”. A esto contestamos que hoy no hay cole, que hoy es un viaje maravilloso, a lo que ella responde “yo no quero viaje lloso”.

Sus hermanas se desperezan y se dan cuenta de que la ropa que se prepararon anoche con alegría y entusiasmo no corresponde a lo que les gustaría ponerse hoy. Entonces abren las puertas del armario y observan con horror que en el armario tampoco se encuentra lo que les gustaría ponerse hoy.

Todos tenemos momentos de esos.

Les mostramos amablemente algunas combinaciones aceptables que rechazan airosamente. Tras diez minutos de diálogo terminamos por coger lo que se prepararon ayer y decirles que o se ponen eso que era lo acordado o no van a ningún sitio. Amenazas allá donde las haya. Nosotros que jamás íbamos a amenazar a nadie!

Luna ya ha sacado la cabeza de la almohada pero se niega a hacer pis. Es evidente incluso de modo visual lo hinchada que tiene la vejiga pero ella asegura que no siente ni atisbos de orina. La vestimos y cuando está semidesnuda de repente quiere hacer pis que no puede más. Corremos con ella por el pasillo para llegar a tiempo. Suele coincidir con que una de sus hermanas está justo usando el retrete en ese momento. Y hay que discutir con ella para que se levante.

Al rato Iris y Maya comienzan a peinarse. Hoy , que tenemos ya prisa, quieren lucir unas trenzas ladeadas que caigan acorde y a la vez, teniendo en cuenta que cada una tiene un largo de pelo muy distinto. Por su puesto con la misma goma.

Negociaciones después, no muy contentas con el resultado, salen ya a desayunar. Como vamos con prisa es probable que la leche se derrame, que una mastique más de la cuenta o que no tenga apetencia por tomar nada en ese momento.

Tras conseguirlo y recoger llega el momentazo de los zapatos. Este momento es el indicado para decirle a mamá que las zapatillas me hacen mucho daño aquí, o descubrir con horror que en la casilla de los zapatos de Luna sólo hay un ejemplar. “Luna, cielo, ¿dónde está el otro zapato?” A lo que ella siempre responde “ aquí” señalando al infinito. Comienza entre todos lo que hemos llamado la búsqueda del zapato, que consiste en registrar los lugares más inverosímiles en busca de un ejemplar del número 23 mientras Luna nos dirige con su dedito señalando el más allá y repartiendo graciosa sus “aquí” “aquí” “aquí” (armarios, bolsos, cubos de basura, lavadora, cesta de la ropa, entre libros, en la comida del gato…).

Cuando algún afortunado lo encuentra entonces todos damos palmas, tenemos risa nerviosa y regalamos vítores al ganador.

Corriendo cerramos la puerta y bajamos a la furgoneta. Esto supone sentarse en las sillitas portabebés. Por supuesto Luna no quiere ir en la suya que es la de “bebé”, preferiría conducir el vehículo pero ahora no tenemos tiempo de eso. Siempre suele haber algún vecino que justo baja a comprar el pan en ese momento y empieza a darnos conversación del estilo “¿os vais? ay qué bien ¿no?”. El tiempo corre y sabemos que tenemos que actuar rápido con Luna. Luis y yo contestamos “sí, nos vamos, qué bien”, nos miramos y en un baile casi ensayado, la reducimos a su silla: uno la coge en brazos, la otra le pone el arnés, y cuando suena el click Luna ya está fuera de sí, hablando en Arameo y gritando más allá de lo que el oído humano puede aguantar. El vecino huye a paso ligero. Luna tiene tal torrencial de voz que a mí a veces se me satura el oído interno, como si hiciera eco. Una cosa tremenda. Esto es lo que llaman una rabieta de los 3 años. Creo que nadie tiene tanta voz como a los 3 años.

Respecto a las rabietas, hemos leído miles de libros al respecto y sabemos de sobra lo mal que lo hacemos. Lo digo por si alguien se quiere ahorrar el comentario.

Iris y Maya gritan a su vez que no seamos brutos y todo el vecindario que sigue bajando a por el pan justo en ese momento, puede disfrutar de nuestra brutalidad en directo.

Tras cerrar las puertas de los coches Luna se calma. Lo primero que dice es “mamá quiero comé”. Antes del primer STOP ya tiene algo de picar en la boca.

Es justo entonces cuando Iris pregunta “mamá, ¿cuándo llegamos?”. Llevamos 2 minutos y 30 segundos en el coche. “Son más de siete horas cariño” le decimos. “Y eso ¿cuánto es?” pregunta. Mucho, es mucho.

A partir de ahí todos son momentos inolvidables.

Quieren hacer pis cuando estamos en plena autopista y acabamos de pasar una estación de servicio.

No quieren la bolsa porque no quieren vomitar, pero de repente, mientras disfrutamos de un paisaje de montaña idílico suena el gutural “GGGGRRRRRRRRAAAAAAOAOAOOAOAOAA” que indica que tu hija está a punto de echar todo el desayuno encima suya, de sus hermanas y parte sobre el resto de la tapicería del coche.

Es en ese momento cuando mi cuerpo sale de mí y en un movimiento ancestral, de esos como los del parto, en menos de dos segundos, he girado sobre mi eje, he hecho click al cinturón de seguridad, he lanzado medio cuerpo sobre los asientos a la vez que agarraba la bolsa de la guantera y he llegado, con suerte a tiempo, para agarrar los primeros restos del desayuno dentro de la bolsa.

Gracias a unos amigos hemos perfeccionado el sistema “bolsa flin” que consiste en llevar bolsas de esas de congelación que tienen cierre incorporado, de tal forma que podemos respirar en el coche hasta que encontramos una papelera o basura.

Mientras sujeto la bolsa e Iris vomita, Luna se ha terminado su snack y dice “mamá quiero comé”. “Espera cariño que estoy sujetando la bolsa”. Luna se pone a llorar.

La carretera se hace interminable a pesar del karaoke portátil que regalaron los abuelos con el que intentamos simular que somos una familia americana cantando canciones felices juntos. No engañemos a nadie. A partir de la segunda canción ya se han aburrido y quieren más. Te quieren a tí. Tu alma. El viaje no ha hecho nada más que empezar.

Cuando llegas a destino estás tan cansado que no tienes ganas de nada. Si vas de camping encima supone que tienes que montar tiendas, mesas, todo, horribilis. Si vas a casa de alguien entonces es momento de saludar, etc, cuando lo que quieres es echarte en la cama y dormir. Las niñas corren como pollo sin cabeza soltando toda la energía acumulada a lo largo de los kilómetros que las has tenido bajo el arnés. Y tú ya no tienes energía.

Sin embargo, cuando regresas de un viaje, ya estás deseando empezar otro. ¿No es esto enfermizo?

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